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Pedro A. González Moreno
Edición: gran formato, tapa dura, ilustrada con obra de Ángel Pintado.
Número de páginas: 240
Un 6 de diciembre de 1930 nacía en Tomelloso Eladio Cabañero y un 25 de enero, seis años más tarde, lo hacía Valentín Arteaga en Campo de Criptana: dos alumbramientos que habrían de aportar mucha gloria a la poesía manchega. Por sus fechas de nacimiento, ambos pertenecen a la llamada generación de niños de la guerra, una promoción a la que le fue arrebatada la infancia y se vio obligada a madurar de repente. Los dos, hijos de padres republicanos, compartieron un mismo destino de orfandad, ya que el padre del primero murió fusilado tras la guerra y el padre del segundo cayó también en la funesta batalla de Brunete.
Como a todos los de su generación, a los dos se les truncó de golpe la niñez y hubieron de incorporarse prematuramente al mundo de los adultos, aunque conservaron la bondad, la inocencia y la ternura de esos hombres que jamás olvidaron al niño que llevaban dentro. El propio Valentín Arteaga definió a su buen amigo Eladio con estas afectuosas palabras: “Eladio era un niño grandote a quien se le olvidaban enseguida los desgarrones…”, un niño que “con sus manazas de albañil de pueblo que tiene voluntad y pretensión de construir el mundo, pasó junto a nosotros escogiendo palabras edificantes a ver si alguna de ellas podía al menos salvarnos”.
(…) En un singular ejercicio retrospectivo, podemos imaginar a ambos muchachos con un mismo sueño y una idéntica ilusión en su mirada: el sueño de que algún día saldrían de su pueblo para conquistar, en otras tierras, un futuro mejor. Podemos imaginar al niño Eladio sarmentando en la viña de su abuelo mientras, a lo lejos, por Río Záncara, veía cruzar los trenes hacia otro mundo de esperanza. Y también podemos imaginar al niño Valentín subiendo, entre relámpagos de luz y cal, al Cerro de la Paz para contemplar, desde aquellas alturas molineras, no sólo los paisajes de La Mancha, sino también los confines de un mundo mejor, más justo y más solidario.